Si hay algo que todos saben, es que en algún momento vamos a morir. Pero aunque esto es un hecho inherente a la vida, ser consciente de esta información no es algo que nos lleve necesariamente a aceptar bien la muerte. Pero, según el educador y filósofo Mario Sérgio Cortella, nuestro temor no debería ser de morir sino de una vida inútil y desperdiciada. El filósofo todavía recuerda que, aunque vivimos cada vez más (ya que la esperanza de vida sólo ha aumentado), tenemos que reflexionar sobre si lo estamos haciendo bien. Mucha gente entiende la vida como un proceso en el que se parte de una condición menos estructurada (como un niño), se llega a su apogeo (como un adulto) y luego viene el declive de la vejez. Y eso no es todo, cree. Cortella incluso señala que el concepto de ser viejo es diferente de ser una persona mayor. Ser viejo es una cuestión de edad física, pero la vejez, al ser una degradación de la vitalidad, puede ocurrir a cualquier edad, enfatiza el filósofo. Hay personas que pierden su vitalidad a los 10 años, así como a los 20 u 80, independientemente de su edad física. Y cita ejemplos: Paul Singer tenía 86 años y seguía produciendo. Los viejos nunca. Oscar Niemeyer tenía 104 años cuando murió, pero tenía un proyecto en el portapapeles. Decir que eran viejos no es entender el significado de la vida, dice.
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Pagar más para obtener más
Cortella evalúa que envejecer bien es una cuestión individual, sí, pero también de salud pública. Esto se debe a que, según él, son las políticas gubernamentales las que tienen la responsabilidad de dar mayor vitalidad y atención sanitaria a la población. Este es el callejón sin salida que tienen los países más jóvenes, como el nuestro. No creamos mecanismos, incluida la recaudación de impuestos, que sean capaces de sostener políticas dirigidas tanto a los jóvenes como a los mayores. Según él, esto requiere un cambio en el perfil de la fiscalidad nacional. En otras palabras: habría que pagar impuestos más altos, precisamente para tener dinero en efectivo. Y cita como ejemplo a los países escandinavos, como Dinamarca, donde los impuestos alcanzan alrededor del 55% de los ingresos de los individuos, para que pueda haber inversiones sociales y en el área de la salud. Aca, recuerda, no tenemos esta tradición, porque pensamos que nuestra forma de pagar impuestos es mal utilizada, además de perderse con la corrupción. Pero sin dinero, es complicado invertir en una mejor red de salud y bienestar, dice. Pero hay naciones que se han ocupado de esto y creo que algún día haremos lo mismo.
Adictos a la productividad
Para el filósofo Cortella, el mundo contemporáneo tiene una obsesión por la productividad, en el sentido de que es necesario estar haciendo algo útil (que implica, por ejemplo, dinero) para ser visto como una persona de valor. ¿Por qué no ser alguien que vive con el arte, sin ser necesariamente una actividad remunerada? ¿Por qué tengo que trabajar y no disfrutar de mi jubilación paseando o yendo al museo, por ejemplo? Según el filósofo, ser una persona activa es diferente de estar en el mercado laboral. El empleo es una fuente de ingresos, el trabajo es una fuente de vida. Hay muchas personas que no están en el trabajo, pero sí en el empleo. Cuida de los demás, se cuida a sí mismo, hace trabajo voluntario. No hay que confundir el desempleo con la ociosidad. Para él, es fundamental que la sociedad y la propia persona estén disponibles para un conjunto de ofertas de actividades, remuneradas o no, y que esta ocupación no tenga que ser de carácter laboral, sino todo lo contrario, afirma.